Reseña de La Fábrica de Hielo por Saioa Olga González

Recuerdo que con trece años tenía varios referentes literarios, la mayoría de ellos autores de sobra conocidos, autores consagrados que viajaban siempre conmigo dentro de una mochila vieja de colores discretos. Pero junto a ellos también peregrinaban unas hojas sueltas y mecanografiadas de una niña de catorce años de las que adoraba hasta el tipo de letra y el tacto del papel, estaba convencida de que esos caracteres habían alterado la composición del folio.

En esa fábrica de sinsabores que era para mí el colegio, el lugar donde aparecieron esas páginas sueltas, aquellas eran el pináculo de un torreón donde el oxígeno era posible; desde ahí arriba, podía entender el vuelo y secar al aire las secuelas de mis plumas; encumbrada, podía alejarme de la infancia.

Hace de esto veinte años. Ahora, en La fábrica de hielo, los restos de aquellas y otras heladas han consolidado un techo, unas paredes que permiten resplandores tapizados pero también despiadados en forma de rizo; un suelo que son láminas y láminas cubiertas de un relente resbaladizo que nos hace extender los brazos formando con el cuerpo una cruz. Hay escaleras talladas, corredores diáfanos con una abertura brillante en el fondo, que deja intuir un fragmento de huerto blanco y azul. Y los oídos se colman del ronroneo de la máquina que teje o procura un susurro pidiendo más tiempo o la cornisa frágil que construye el pensamiento o el paso que no contenga huellas, la palabra cruda que estalla en la punta de la lengua, que pretende un cielo con estrellas, pies sobre piedra, el aire.

Silvia Nieva, la autora de aquellas cuartillas libres y de La fábrica de hielo, lo contempla todo, lo observa todo desde muy arriba y lo cuenta a gritos y a silencios; lo rasga todo para volverlo a remendar, para volver a empezar, para construir quizá, si es que existe, la calma; y lo cierto es que estas últimas páginas vuelven a abrir, en este hielo lacrado, ventanas enfrentadas por las que irrumpe un soplo que puede parecerse a esa calma. Su voz está dedicada a gravitar en torno a nuestra existencia, a aferrarse a nuestra vida, se apoya, descansa, nos toca y atraviesa con sus palabras afiladas, y en ese punto, lo que alivia es la complicidad con la que sus vísceras alcanzan las nuestras.

La fábrica de hielo es, en tanto que lenguaje, un soporte para el pensamiento, dicho esto en el sentido más amplio, exacto y centelleante de la expresión.

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