Hay días  sin nada que decir.
Entonces respiro.
Respiro las calles,
y la cuesta arriba de la máquina de horas,
de la máquina de intentos.
Recojo el suelo y lo convierto en tierra.
Pies sobre gris, no.
Pies sobre piedra, sobre hoja, andar y charco.
No quiero luces que digan cruza.
No quiero atmósfera y cielos que no encuentran estrellas,
ni el negro de la noche.
No quiero pájaros que cantan en vivienda
y niños que no nacen por falta de jaula.
No quiero el ascensor con botón y cremallera.
No quiero polvo argumentado.
No quiero realidad  que  pregunte para qué soy.
No quiero el instante rápido de lo público,
el esconder de la batalla.
No quiero que saber leer nos obligue a leer.
No quiero más exceso de lo escrito.
Que exista el aire, el pez,
la palabra cruda que estalla en la punta de las lenguas,
que rompe el contar, el inventario.
No quiero más, quiero menos.
Que exista uno. Que existas tú.

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