Desgarrar a cucharadas palabras de otros

y no tener nada que decirse.

Usar lo que te dicen,

arrancar la fibra a los abrazos,

caer flojo.

No tener más músculos

que los que sostienen una respiración básica,

la de un suspiro

o un orgasmo imitado,

nunca el propio.

No sabemos nosotras

el efecto de los hombres que arrastramos

colgando más que dos tetas.

Balancean los hilos del tiempo

metiéndose en los motivos que más importan,

en lo inmediatamente urgente,

en lo inmediatamente amado hoy.

Da más miedo que un fantasma,

o un cuello en hora de Drácula

la misma que de olvidar zapatos,

y tener que dandar a cojas.

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